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TORTOISE + THE SEA AND CAKE
Sala Revólver. Madrid
31-Marzo-2001

La expectación que levanta la palabra post-rock no tiene fin. Cierto es que hablar de Tortoise y The Sea and Cake son palabras mayores, pero nos estamos acostumbrando en los últimos meses (¡y que siga así!) a unos llenos rigurosos para ver a grupos que, un año antes, no hubiesen congregado siquiera a unas decenas de personas. Y mejor no hablemos del precio del concierto (2.900 pesetas), porque entonces vamos a entenderlo aún menos. Inconvenientes del "hype".

¿Cómo podría llegar a explicar lo de Tortoise en la Sala Revólver?. Es ciertamente complicado. Cuando un grupo delega todo su talento en la improvisación, corre el riego de que el experimento le salga rana. Aceptando esta teoría, podríamos decir que el concierto de Revólver se convirtió para Tortoise en un "sapo" de extraordinarias dimensiones. ¿Qué hicieron mal?. Seguramente ni ellos mismos lo sepan, pero no se encontraron cómodos en ningún momento. A Jeff Parker le dió por demostrar que es un guitarrista de talento, y a poco nos deleita con un sólo en el más puro estilo Yngwie Malmsteen. John Herndon parecía ido, si acaso desconcertado por la actitud de sus compañeros. El desbarajuste llegó a un punto, que llegué a temer que dejaran los instrumentos en medio de alguna canción. John McEntire se perdía por culpa de Jeff Parker...e improvisaba lo que podía. John Herndon intentaba acompasar su ritmo al de McEntire... e improvisaba lo que podía. Dan Bitney bailoteba por el escenario... e improvisaba lo que podía. Y así todos improvisando, el gran CAOS no llegó gracias a Doug McCombs, que escondido con su bajo tras las luces y ajeno al desparrame pseudo-jam de sus compañeros, salvaba las canciones como podía. ¡Juro que en "Djed" se perdieron y estuvieron a punto de dejar la canción a medias!. Afortunadamente, lo de Tortoise fue mejorando sensiblemente a medida que se acercaba el final y los bises. Seguían sin sentirse cómodos, pero éstas últimas canciones (todas pertenecientes a los álbumes pre-Standards) animaron algo más al personal allí congregado. Concedámosles el mérito de haber vuelto al escenario en tres ocasiones por aclamación popular (¿un partido ganado en los vestuarios?), y que clavaran la interpretación de piezas como "Tins, Cans & Twine" o "I Set My Face to the Hillside".

Todo lo contrario sucedió con The Sea and Cake. Quizás las expectativas depositadas sobre ellos fuesen menores -el hype no les ha rozado después de siete años-, pero aquellos que conocíamos su trayectoria desde aquella pegadiza "Jacking the Ball" hasta cualquier canción de su último álbum Oui, comentábamos al unísono que la decisión de los de Chicago por mirar al trópico, no sólo no les había salido rana... sino que habían encontrado en Brasil a su particular princesa. Prewitt y Prekop pasearon por Madrid su matemática carioca para los tiempos modernos. Impresionó McEntire en la batería -tremenda "Colony Room"-, emocionó Prekop con sus susurros y enamoró Prewitt a las congregadas (los gritos de ¡guapo! se oían a docenas). ¿Qué más se puede pedir?. Que aparezcan en las carpetas de las quinceañeras es cuestión de tiempo... y de buen gusto.

-Héctor Garrido


Arriba: Tortoise

Fotos y texto: Héctor Garrido


Arriba: The Sea and Cake



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